lunes, 8 de febrero de 2010

EL SADHU Y HANUMAN.

¿Por qué Proyecto Grullas?
En Japón existe una leyenda: cuenta que después de hacer mil grullas de papel, puedes pedir un deseo y se cumple...
Por eso elegimos el título de nuestro primer libro, Sueños de Papel,
y también el nombre de nuestro blog, proyecto grullas.
Nuestro deseo es seguir escribiendo y que nos sigáis leyendo.

GRULLAS DE PAPEL
Una historia tradicional japonesa cuenta que, cuando alguien desea algo difícil de cumplirse, algo que solamente se puede conseguir deseándolo profundamente, debe hacer mil grullas de papel y pedirle a la última grulla su deseo. Luego, con un poco de suerte, es probable que se cumpla.
Esta leyenda llegó a oídos de Sadako Sasaki, durante su estancia en el hospital.
Sadako se sintió esperanzada y comenzó a doblar papeles cuadrados de distintos tamaños y colores. No era fácil, pero aprendió. Doblez tras doblez, iban saliendo de sus manos pequeñas grullas de papel. Día tras día iba doblando papeles y su habitación se iba llenando de esperanza.
El tiempo en un hospital es lento, denso y doloroso. No es un lugar adecuado para nadie, pero menos para una niña de doce años, que le gusta jugar en la calle con sus amigos, que quiere ir al colegio.
Sadako tuvo que pasar sus últimos ocho meses de vida en un hospital, llegó a doblar seiscientas cuarenta y cuatro grullas, no llegó a completar las mil y no pudo pedir ningún deseo. Murió el 25 de octubre de 1955, había vivido doce años, nueve meses y dieciocho días. Había sido testigo con sólo dos años de la primera bomba atómica mundial. Sí, una bomba atómica, un arma de destrucción masiva, que asesinó en unos segundos a casi la mitad de la población, casi todos civiles y que destruyó el sesenta por ciento de la ciudad, la ciudad de Sadako.
Cuando murió, habían transcurrido diez años desde el lanzamiento de la bomba. Los antiguos y nuevos habitantes seguían levantando, construyendo la nueva Hiroshima. Todos querían vivir, vivir en paz, pero aquella bomba seguía matando años después de haber sido lanzada.
Sadako era un victima más del bombardeo del 6 de agosto de 1945. Entonces no había sufrido ni un rasguño, pero durante los diez años siguientes fue desarrollando poco a poco una leucemia que acabó con su vida.
Ocho meses antes de morir, había participado en una carrera. Le gustaba correr y no era la primera vez que lo hacía, pero en aquella ocasión perdió el conocimiento. La llevaron al hospital, los médicos detectaron el cáncer, luego el tiempo hizo su trabajo. Mientras tanto, Sadako doblaba grullas de papel y soñaba con vivir.
Un tiempo después de su muerte, se levantó un monumento en el Parque de la Paz de Hiroshima. Un monumento a Sadako, un monumento a los niños que murieron en aquel bombardeo, un monumento a todos los niños que mueren en las guerras provocadas por los adultos. En la parte más alta del monumento, Sadako con una enorme grulla en las manos parece que va a volar. Alrededor del monumento, miles de grullas de papel dobladas por los visitantes, dan color y esperanza a la humanidad.
El gesto de Sadako, ese pequeño trozo de papel doblado, se ha convertido en símbolo de la paz entre los habitantes de un país que, sabe mucho de ejercer y sufrir violencia, pero que desde hace años busca la paz.

EL TEMPLO DE KONARAK
Al este de la India, a pocos kilómetros de la bahía de Bengala, se encuentra la pequeña aldea de Konarak. Una agrupación de casas, puestos de comida y bebidas, un alojamiento y cientos de peregrinos, sadhus, mendigos y viajeros.
El pueblo no tiene nada especial, se parece a los miles de lugares que se ven a lo largo de las carreteras de la India. La diferencia está que en el centro de esas casas informes, se encuentra uno de los templos construidos por los Ganga en el siglo XIII. Un gran templo con forma de carro, sostenido por veinte ruedas y tirado por siete caballos, levantado en honor del dios Surya, la divinidad solar.
Antecede al templo, una sala destinada al baile que, es una constante en los templos del estado de Orissa. Todo el conjunto se encuentra ricamente decorado con relieves que reflejan la vida cotidiana, sobre todo bailes, músicos acompañando a los bailarines… todo descrito con gran sensualidad. El recinto se encuentra rodeado por un muro de poca altura. En este templo, se celebra todos los años, el festival de danza de Orissa famoso en todo el país.
Paseando por la zona te vas encontrando con restos de esculturas, de edificios, con peregrinos que hacen un alto en su camino y se paran en cualquier sitio para comer o dormir. Con animales que buscan restos de comida que abandonan los visitantes, con árboles y plantas que surgen en el sitio más inesperado.

Atardecía, el calor no era tan intenso como al mediodía, las sombras se alargaban, los colores se hacían más nítidos. Era la hora mágica del ocaso, cuando la luz es perfecta para ver con detalle las cosas que están cerca y generar ensoñaciones cuando miras hacia el horizonte.
Contemplaba unas vigas de hierro abandonadas sobre el suelo que, me hacían recordar a una escultura de Ibarrola. Llevaba un rato mirando la “escultura”, cuando le oí hablar. Al principio creí que estaba rezando, le miré, se encontraba en las ruinas de lo que fue un templete, no parecía un peregrino común, más bien me hizo pensar en un sadhu. Ropa blanca, pelo largo, alrededor del cuello collares y amuletos. Se encontraba sentado con las piernas cruzadas en posición de medio loto y en sus manos tenía un paquete de dulces que iba sacando lentamente y dejando en el suelo cerca de él. Hablaba sin cesar, como si recitase una letanía, como si tratase de convencer a alguien. Entonces me fijé mejor y vi sentado frente a él, como si de un amigo se tratase, a un pequeño mono. Me sorprendió su forma de estar sentado junto a una persona, su forma de esperar a que le diesen los dulces. Nunca había visto algo así, normalmente los monos cuando te ven comiendo, vienen y te amagan o te atacan para quitarte la comida, pero no esperan pacientemente a que tu les des algo. Pensé que podía estar amaestrado, pero no, era un mono de los que viven entre las ruinas de los templos y allí estaba, sentado cara a cara, mano a mano escuchando los monólogos del sadhu mientras comía plácidamente. Poco después, el hombre recogió los restos de los dulces, los guardó en una bolsa, se levantó y se marchó. El mono se quedó allí sentado, sin moverse.
Ya no había luz cuando salimos del recinto del templo y nos perdimos por las callejuelas de Konarak, para buscar un sitio donde cenar. Aquella noche creo que soñé con el mono y el sadhu, porque a la mañana siguiente nada más levantarme volví al templo, pero no los vi.
Volvimos al atardecer y allí estaban sentados uno frente al otro, el hombre de blanco y el mono. Y de esta vivencia surgió el cuento de EL SADHU Y HANUMAN.

Konarak, marzo de 1996

EL SADHU Y HANUMAN.
Se despertó temprano, con los “crac-crac” de los cuervos y con los primeros rayos de sol que ya empezaban a calentar. Hizo sus estiramientos una y otra vez, se lavó los dientes lentamente, masajeándoselos con esa paciencia y mimo que utilizan los indios para tal menester. Luego se pasó un trapo con un poco de agua por la cara y fue en ese momento, cuando se dio cuenta de que Hanuman no se encontraba allí. No le dio importancia y siguió con la rutina de la mañana.
En un pequeño recipiente, no más grande que un vaso, puso agua y se buscó un lugar entre la maleza para evacuar los intestinos.
Estando en ese trance vio que empezaban a aparecer las primeras nubes del año, unas nubes que amagaban agua y que poco a poco iban cubriendo aquel cielo soleado. Entonces recordó que había llegado con los monzones del año anterior y le pareció imposible llevar un año en aquel templo.
Se preguntó:
-¿Qué había encontrado en aquel lugar?
-¿Por qué seguía todavía allí?
Y se respondió a si mismo:
-Aquí he encontrado la paz, la tranquilidad, me he liberado de la angustia, de la tensión en la que vivía en la ciudad
-No poseo nada y de nada tengo que preocuparme.
En aquel momento el sadhu comprendió que había hecho bien dejando Calcuta, renunciando a su familia, a sus amigos y a todos sus bienes materiales, echándose al camino como uno más de los cientos de miles de indios que se desplazan de un lugar santo a otro lugar santo buscando... y ahora el sadhu sabía responder:
-Buscando la paz con uno mismo y por tanto, con todo lo que nos rodea.
Regresó al árbol que le servía de morada y volvió a sentir la no presencia de Hanuman.
Se preguntó varias veces.
-Pero ¿por qué no estaba?
-¿Dónde se había metido?
Pero no tenía respuestas para estas preguntas.
Comenzó a preparar el desayuno mientras cantaba mantras que es una forma de rezar y de tranquilizarte al mismo tiempo.
En el transcurso del último año había aprendido muchos cantos dedicados al dios Surga, el dios Sol, un dios generoso que, todas las mañanas, trae la luz, montado en su carro tirado por siete caballos. Aquel templo al que no se podía entrar, porque lo habían rellenado de tierra para que no se derrumbase, tenía forma de carro, sus constructores habían trabajado la piedra como si se tratase de madera, esculpiendo escenas muy complicadas de baile, de procesiones, de la vida en el lugar... Tampoco se olvidaron de tallar las ruedas, ni los siete caballos que arrastran el carro del dios todos los días. También esculpieron estatuas de Surga que ya no se encontraban allí, sino en el Museo de Delhi, pero en aquel lugar vivía el espíritu del dios y los peregrinos iban a encontrarse con él.
El sadhu se acordó de la primera puja que hizo en el templo, había comprado un pequeño cesto con un coco, algunas bananas, flores e incienso. El brahmán del lugar recogió la ofrenda, rompió el coco contra el suelo para sacar el agua y ofrecérsela al dios, colocó las bananas, las flores y el incienso alrededor de una estela deteriorada, después, se acercó al sadhu y le ungió en la frente tika roja. Aquello ocurrió el mismo día que encontró a Hanuman.
Esa noche el sadhu se encontraba muy cansado, había viajado durante horas en un autobús repleto de gente. Recordaba como algunos pasajeros tuvieron que compartir lugar con bultos y animales en el techo del vehículo porque dentro no había sitio para nadie más.
Así que aquella noche después de buscarse un lugar para dormir, de extender su manto que le serviría de abrigo y cama, sacó de su morral unos paquetes envueltos en hojas de banano, donde guardaba su cena de arroz, lentejas y rotis. La noche estaba oscura, negra como la diosa Kali, una noche sin estrellas, ni luna, con un cielo cubierto de nubes. El sadhu comenzó a disponer su cena sobre el suelo, estaba solo, solo en medio de la oscuridad.

Desayunó puris fríos, Hanuman no había vuelto, recogió sus cosas, las puso en su morral y colgó éste en una rama del árbol. Luego se dirigió a la entrada del templo y se sentó en el suelo rodeado de mendigos, sadhus, puestos de venta y gente, siempre mucha gente.
Mientras recitaba mantras para sí mismo, mendigaba comida y dinero.
Él, que lo había tenido todo y que a todo había renunciado por voluntad propia, era uno más entre las miles de personas que piden a las entradas de los templos.
El sadhu había llegado hasta allí buscando una salida a su desasosiego, pero la mayoría de los que le rodeaban no habían tenido la posibilidad de elegir, simplemente habían nacido en un mundo donde no había nada y la mendicidad era su única posibilidad de sobrevivir.
Recitaba mantras y más mantras, pero su mente no se tranquilizaba, no se quedaba en blanco, Hanuman ocupaba todo su pensamiento. Por primera vez en mucho tiempo volvía a sentir miedo, ansiedad, incertidumbre.
-Pero ¿miedo de qué? se preguntaba a sí mismo.
Y con el pensamiento volvió a la noche oscura en la que se encontró con Hanuman.
Aquella noche mientras preparaba la cena, vio un par de pequeñas luces en la inmensidad negra de la noche, se fijó mejor y distinguió unos ojos brillantes y entonces sintió la presencia de un cuerpo pequeño frente a él. El sadhu repartió la cena una parte la puso en una escudilla y la otra la dejó en las hojas de banano, luego tomo la escudilla con las dos manos y la acercó a esa presencia oscura que estaba frente a él. El sadhu comenzó a comer haciendo pequeñas bolitas con la mano derecha que luego metía en la boca lentamente, masticándolas hasta convertirlas en puré. Comía despacio, ocupando el tiempo de un banquete para una frugal comida. Disfrutaba sintiendo el tiempo, le gustaba el peso del tiempo que, éste dejase huella. Como disfrutaba con el tiempo, ocupaba mucho para hacer cualquier cosa. Era una forma de sentir que estaba vivo, porque para él la vida era única y exclusivamente tiempo, nada más.
Estas cosas le contaba el sadhu a Hanuman en sus largos monólogos a la caída del sol. Pero aquella primera noche, el sadhu no dijo nada, después de cenar se tapó con su manto y durmió hasta el amanecer.
Cuando se despertó con los “crac-crac” de los cuervos vio que a su lado había un pequeño mono que seguía durmiendo plácidamente, un mono que ya no se apartaría de él y que el sadhu comenzó a llamar Hanuman, como aquel dios mono que ayudó al príncipe Rama a encontrar a Sita, tal como estaba escrito en el libro sagrado del Ramayama.
Hanuman compartía las comidas, la cama y los monólogos del sadhu.
Poco a poco fue engordando hasta convertirse en un mono gordo que le costaba subir a los árboles. El sadhu mimaba a Hanuman le llevaba dulces y le colocaba guirnaldas de flores alrededor del cuello, como si de un dios se tratase. Hanuman se dejaba hacer y aunque a veces desaparecía durante horas, siempre regresaba a la protección del sadhu.
En el templo, en los alrededores y en las aldeas cercanas se comenzó a hablar de la sorprendente relación entre un sadhu y un mono. Algunos peregrinos y visitantes del templo, se quedaban hasta el atardecer, para ver al sadhu sentado con las piernas cruzadas frente a Hanuman, hablando en un bengalí culto, que muchos de ellos no entendían, mientras Hanuman comía dulces.

Cuando comenzó a llover el sadhu decidió volver al árbol para ver si ya había regresado Hanuman. Pero allí no había nadie y el sadhu comenzó a sentirse nervioso. Buscó por todo el templo, por los alrededores, por la pequeña aldea que rodeaba al templo, pero no lo encontró, ni nadie le supo decir nada de aquel mono gordo con collares de flores alrededor del cuello. Al caer la noche el sadhu seguía solo.
Fue una noche oscura, negra como la diosa Kali, una noche sin estrellas, ni luna, con un cielo cubierto de nubes. El sadhu estaba solo, solo en medio de la oscuridad.
A la mañana siguiente unos peregrinos encontraron el cuerpo de un sadhu envuelto en un manto blanco, a su lado había un morral también blanco y una vieja escudilla con restos de comida.
Algún tiempo después, comenzó a correr de boca en boca la historia de la amistad entre un sadhu que vivió en el templo y el dios Hanuman.

©Mireya.

4 comentarios:

Miriam dijo...

Nunca oí nada acerca de la historia de Sadako Sasaki y ahora, gracias a vosotros, he conocido esta conmovedora historia. Me ha encantado la manera en la que la habéis relatado y también el cuento de el sadhu y hanuman. Estaré impaciente por conocer de qué tratarán los próximos relatos. Un saludo.

Muli dijo...

A mí tambien me ha gustado mucho.Os seguiré leyendo.
Un abrazo

Grullas en Red dijo...

Gracias por seguir leyéndonos.
En Hiroshima, en el Museo de la Bomba Atómica, puedes ver algunas de las grullas que hizo Sadako y sobre todo puedes sentir el horror de lo que es una bomba atómica. Cuando sales de allí no entiendes como se puede seguir "jugando" con la energía atómica.
Hay una escritora canadiense, Eleanor Coerr, que escribió un libro sobre Sadako Sasaki.
Mireya

Miriam dijo...

Gracias por la información, Mireya, lo tendré en cuenta. Un abrazo.

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