lunes, 12 de julio de 2010

relato





CAMBIO DE IMAGEN

-Divina, te encuentro divinaaa- y se echó hacia atrás juntando las manos con uñas pintadas de negro, llevándoselas hasta la altura de la boca, que dibujaba un signo de admiración claramente exagerado - ¡Ni la Maura está mejor que tú!.
-No sé, me cuesta trabajo reconocerme es esta nueva imagen.

El peluquero, estilista le gustaba denominarse a sí mismo, llevaba el pelo negro con las puntas iluminadas de rubio platino apuntando en todas las direcciones, como recién levantado de la cama. En cualquier otro ambiente hubiera llamado la atención por la indumentaria estrafalaria y gestos amanerados, pero en su establecimiento, salón de belleza unisex, no desentonaba.

-No puedes dudar ahora bonita. Te ha costado decidirte y ya no hay vuelta atrás. Tienes que cargarte de energía positiva y salir con la cabeza alta, comiéndote el mundo y pisando fuerte. Sonríe tesoro, sonríe.
Acostumbrado a escuchar todo tipo de confidencias, Stefan - su nombre artístico - se había convertido en una especie de gurú, guía espiritual para su clientela, que confiaba en él como en el mejor amigo.
-Vamos cariño admírate, estás guapísima-insistió.

La mujer a la que se dirigían sus palabras de ánimo se levantó lentamente del sillón y se puso de pie ante el espejo, observándose con atención. El cabello rubio con mechas, exactamente en el mismo tono y con idéntico peinado que llevan casi todas las que han rebasado los cincuenta. Un maquillaje discreto, si acaso le sobraba el perfilado de los labios, objetó. Pendientes y collar de perlas y traje pantalón con zapato plano, andaba fatal con tacones. Nada resultaba estridente, y sin embargo, dudaba. La falta de costumbre, claro. Toda una vida bajo una madre autoritaria que le impedía mostrar su auténtica naturaleza, le convirtió en una persona insegura, cobarde, para quien el hecho de ponerse en manos de su vecino el peluquero, le había costado Dios y ayuda.

La puerta se abrió en ese momento dando paso a la aprendiza que traía dos cafés.
-Aquí tienes jefe, he tardado porque el bar estaba lleno. ¡Oh! - se volvió sorprendida - ¡qué fuerte, está impresionante Don Damián!
-Por favor, llámame Damiana -. Y bajó la cabeza ruborizándose.

Suspirando hondo, cogió el bolso y armándose de valor, salió a la calle. A enfrentarse con el mundo. Por fin.


El primer fin de semana de julio, se iniciaron en Madrid las fiestas del Orgullo Gay. Todavía duran, creo.
En la comunidad homo, según las entrevistas publicadas, hay dos tendencias: quienes reivindican estos festejos con desfile de carrozas incluido y cuerpos semidesnudos en ellas para mostrar al mundo que existen, y aquellos que piensan que en España las leyes les reconocen casi todos sus derechos como el matrimonio y otras garantías jurídicas, y que es hora ya de restar importancia a la visibilidad para ganarse el respeto de la sociedad.
Pero esto es una labor individual.
Todos tenemos amigos, hemos conocido a personas y magníficos profesionales, que son muy queridos y admirados sin tener en cuenta su tendencia sexual. Recordamos a ministros y altos cargos que siendo homo, fueron y son aceptados sin problemas.
Sin embargo, la comunidad gay, lésbica, transexual, dicen que todavía hay mucha homofobia entre los españoles, y seguro que también tienen sus razones para la queja. La cultura griega, romana, árabe, nos hablan de una permisividad y tolerancia olvidada durante demasiado tiempo en la cultura occidental, y no sólo, ahí está China, Irán, parte de África, dependiendo de qué régimen político o religioso tenga las riendas del poder. Nosotros no somos la excepción.
Según mi criterio, en la educación está el futuro. Seguro que la siguiente generación ni siquiera se plantea que la orientación sexual pueda ser un problema. Aceptará la realidad tal cual es y esa alta tasa, que dicen existe en la actualidad, de suicidios entre adolescentes por no ser comprendidos o admitidos por su familia y entorno, será mínima.
Confiemos.

Alicia

lunes, 5 de julio de 2010

Barrio de San Telmo, en la misteriosa Buenos Aires...



Buenos Aires; una fría, nublada y gris mañana de domingo de junio, salí a caminar, cámara en mano y terminé recorriendo el barrio de San Telmo, que está comprendido por las calles Chile, Av. Ingeniero Huergo, Brasil, Av. Paseo Colón, Av. Martín García, Defensa, Av. Caseros y Piedras. Este pintoresco barrio limita con los barrios de Monserrat al norte, Puerto Madero al este, Boca al sudeste, Barracas al sudoeste y Constitución al oeste y es la visita obligada de todos los turistas que llegan para conocer, esta misteriosa Buenos Aires, otrora Reina del Plata.
San Telmo (San Pedro González Telmo) es uno de los barrios más antiguos de la Ciudad. En sus orígenes, fue habitado por las familias aristocráticas de Buenos Aires, hasta que la epidemia de la fiebre amarilla de 1871, los obligo a mudarse al norte. Fue entonces que estas familias propietarias de las casonas de San Telmo, comenzaron a alquilarlas a los inmigrantes trabajadores. Junto con el cercano Monserrat fue el barrio más negro de Buenos Aires, llamándose "Barrio Sur", en oposición al "Barrio Norte" de San Nicolás.
San Telmo se caracteriza por sus caserones coloniales y sus calles, muchas de las cuales aún están adoquinadas. El barrio tiene una magia que lo hace único y especial; esto, sumado a las múltiples atracciones que tiene, hace que esté lleno de turistas, siempre.
Hay numerosas iglesias antiguas (como la de San Pedro Telmo), museos, muchas tiendas de antigüedades, galerías comerciales, un mercado tradicional que data del año 1897, una muy variada oferta gastronómica, para todos los bolsillos y todos los paladares, y una feria semipermanente de antigüedades (donde se puede comprar de todo), la Feria de San Telmo en la plaza principal, Plaza Dorrego.
Antiguamente a este lugar se lo denominaba Hueco del Alto o Alto de las carretas, pues era allí donde los carros tirados por bueyes se detenían antes de cruzar el arroyo Tercero del Sur (hoy calle Defensa y Pasaje San Lorenzo) en su trayecto al centro de la ciudad. Posteriormente su nombre cambió por Alto de San Pedro, y luego Plaza del Comercio (1822), entre otros. En 1900, el nombre de la plaza cambió por el actual.
Actualmente constituye uno de los principales paseos turísticos peatonales de Buenos Aires. A su alrededor se encuentran cafés, bares y pubs con sus mesas sobre la plaza; y también casas de antigüedades y artesanías. Abundan los shows de músicos y baile callejero, incluyendo exhibiciones de tango. Los domingos tiene lugar la Feria de San Telmo, durante la cual la plaza y las calles aledañas son ocupadas por puestos de antigüedades y curiosidades que son recorridos por numerosos turistas tanto del país como del extranjero y que contribuyen a darle a esa zona del barrio una fisonomía muy particular.
Los edificios que se encuentran alrededor de la plaza mantienen su aspecto original gracias al apoyo de la Comisión del Museo de la Ciudad.
En 1978 la plaza fue declarada Lugar Histórico debido a que en su sitio el pueblo de Buenos Aires adhirió a la Declaración de independencia de la Argentina.
También se realizan multiples actividades relacionadas con el tango, destinadas tanto a los habitantes del barrio como a los miles turistas que visitan la zona, para los cuales hay montados locales a todo lujo, donde se puede cenar la mejor carne de las pampas y tomar el mejor vino mendocino y mientras se hace la digestión, disfrutar de los cortes y quebradas y de las quejas de un bandoneón con un tangazo de aquellos.
Los sábados por la tarde y los domingos durante todo el día, la calle Defensa se convierte en paseo peatonal donde se disfruta de artistas callejeros, titiriteros, magos y estatuas vivientes.
Como en una atmósfera de cuento con una escenografía acorde, es un lugar mágico que no se puede dejar de visitar, es la historia rioplatense, es la esencia y el alma de Buenos Aires.












Omar Magrini

lunes, 28 de junio de 2010






NUNCA MÁS
Detención, traslado a trenes de carga, viaje de días en vagones hacinados. Personas de todas las edades, juntos como paquetes.
Comienza la deshumanización. No son detenidos, no son NADA.
Estación de llegada, separación de familias y amigos. Las mujeres en un lado, los hombres en otro. Una segunda selección de personas válidas para el trabajo y de personas mayores y enfermas.
Divididos en grupos, se les traslada a barracones donde se les quita todo lo que en ese momento poseen, incluida la ropa. Desnudos pasan a las duchas de agua fría, se les da harapos para vestirse. Se les rapa el pelo. El pelo de las mujeres luego servirá para hacer tejidos.
Continúa la deshumanización. No son detenidos, no son NADA.
Los que pueden trabajar son enviados a pelotones de trabajo, donde se sacará el máximo provecho con el menor coste posible, hasta que la muerte acabe con ellos. Se les marcará un número en la piel, ya no tienen nombres, sólo un número y una marca en la ropa. Triángulos de distintos colores, rojo para los presos políticos, verde para los criminales, azul para los apátridas, negro para los vagabundos, gitanos y prostitutas, rosa para los homosexuales, violeta para los testigos de Jehová, blanco con una S en el centro para los presos políticos españoles y una cruz de David para los judíos.
Los enfermos y viejos, directamente a la cámara de gas.
La mayoría de las personas que, llegaron a los campos de exterminio, terminaron en los crematorios. Sin ningún ritual, sin ninguna despedida, se metían los cuerpos, uno de tras de otro, como si se tratase de un trabajo en cadena.
Deshumanización total. No son detenidos, no son NADA.
Todo estaba planificado, pensado, como si de un proceso industrial se tratara. Había que exterminar al supuesto enemigo. Ese era el fin. Pero además había que aprovechar la fuerza de trabajo. Muchas empresas utilizaron mano de obra esclava, también se utilizó en el campo. Algunas personas sirvieron de cobayas para experimentos médicos…

“ARBEIT MACHT FREI”
(el trabajo os hace libres)

Esta frase está escrita en la puerta de entrada al campo de Auschwitz.
En 1979, la UNESCO declaró a este lugar Patrimonio de la Humanidad, para que nadie olvide el genocidio, para que no se vuelva a repetir.
Auschwitz, OSWIECIM para los polacos, se encuentra a setenta kilómetros de Cracovia. Es fácil llegar allí en autobús público, es más difícil enfrentarte a lo que pasó en aquel lugar durante la Segunda Guerra Mundial.
Oswiecim era un antiguo cuartel del ejército polaco. Tras la invasión nazi en septiembre de 1939, se comenzó a utilizar como cárcel para polacos y más tarde para prisioneros rusos. Se fue ampliando y construyendo diferentes campos de trabajo, concentración y exterminio.
En septiembre de 1941 se realizaron allí, las primeras pruebas de asesinato masivo con zyklon B. Los primeros ejecutados fueron seiscientos soldados soviéticos y doscientos cincuenta enfermos.
Tras el “éxito” comenzaron a llevar al campo de Auschwitz, a personas desde distintas partes de Europa, la mayoría de ellos judíos.
También fue allí donde en 1943, el doctor Josef Mengele comenzó a experimentar con niños gemelos y enanos, la mayoría de sus víctimas fueron gitanos.
El horror que se vivió en aquel lugar durante cuatro años, está todavía presente en la atmósfera. El libro de Primo Levi, Si esto es un hombre (1958), describe toda la miseria humana que se vivió allí.
El 27 de enero de 1945 hacía frío, nevaba cuando el ejército soviético entró en Auschwitz. Los nazis habían abandonado el campo unos días antes, llevándose a los sobrevivientes que podían caminar. No tuvieron tiempo de matar a los enfermos, así que se quedaron en sus barracones sin saber que hacer. Algunos murieron y allí estaban sus cadáveres, otros eran esqueletos vivientes, todos vestidos con harapos, vagando sin saber que hacer. Los soviéticos no sabían si habían entrado en un campo de concentración o si se encontraban en un cementerio. Era difícil enfrentarse a lo que estaban viendo.
Visitar Auschwitz, es decir NUNCA MÁS.

Mireya Martínez-Apezechea
Auschwitz 27 de julio de 2009



EL CENICERO
Llevaba demasiado tiempo buscándolo, así que cuando lo vio colocado en un simple puesto del mercado dominical, creyó que no podía tratarse del mismo objeto. Se paró en seco, lo miró y por fin se decidió a cogerlo con las dos manos, como si se tratase de un objeto ceremonial y un sudor frío le recorrió todo el cuerpo.
Sí, era lo que llevaba años buscando.
Lo olió, pero el barro seco, cocido y utilizado durante años, no tenía el olor de la arcilla fresca. Aquel cuenco olía a tabaco, seguramente lo habían utilizado como cenicero y pensó que no estaba mal el uso que le habían dado, puede que él lo usase para lo mismo, ¿por qué no?
Observó que tenía algún golpe, pero estaba en perfecto estado, sobre todo sabiendo que tenía sesenta años.
¡Sesenta años!, entonces yo tengo setenta y cinco, calculó rápidamente. Hasta aquel momento no había tenido conciencia de su edad. Tanto tiempo sin relacionarse con nadie, sin saber muy bien en que día vivía, le había hecho olvidarse de sus años.
Y aquel domingo, con aquel cenicero en sus manos, se dio cuenta de que era un anciano.
Volvió a observar el cenicero, aquel objeto era el único testigo de lo que había vivido durante un año.
Un año, trescientos sesenta y cinco días, ¿qué es un año en medio de setenta y cinco?, pero un año puede tener más peso que el resto de la vida y él era consciente, de que aquel año de 1944, había marcado para siempre la suya.
Trabajar con la arcilla, mezclarla con agua, quitarle las impurezas, las pequeñas bolsas de aire... aquel trabajo le permitió olvidarse del miedo, de las vejaciones y de la impotencia que sentía en aquel lugar, le hacía olvidarse de que estaba solo, de que ya no podía estudiar, ni leer, ni ver a sus amigos, ni estar con su familia. Aquel trabajo le ayudaba a resistir y resistió, todavía estaba vivo ¿no?, se preguntó.
Años después, se enteró de que, había trabajado para una famosa industria cerámica de la zona. Una industria, que como tantas otras en aquel país, había utilizado mano de obra esclava y prisionera, para sacar sus productos durante la guerra.
Se acordó de que utilizaban moldes para realizar los objetos, él estuvo meses rellenándolos con la forma del objeto que ahora tenía en sus manos.
Sí, aquello había sido verdad, ahora tenía la prueba en sus manos, no había sido una pesadilla como pensaba a veces, había existido, había sido real.

-¿Le gusta el cenicero?, preguntó una chica joven con el pelo de punta y una oreja taladrada con pequeños pendientes de colores.
- ¿El cenicero?, sí, me gusta, respondió él.
- Es muy antiguo, dijo ella, pero se lo dejo por tres euros, ya casi nadie fuma y los ceniceros son difíciles de vender.
-Ah, muy bien, dijo él, y sacó tres monedas para pagar.
Volvió a su casa y colocó el cenicero sobre la mesa, lo volvió a mirar, a sopesar en sus manos. Abrió la ventana, era primavera, los árboles estaban en flor, había un olor dulce en la atmósfera, lanzó el objeto al vacío y a continuación se tiró él.

Mireya Martínez-Apezechea

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